¿Tú? ¿Qué estás dispuesta o dispuesto a dar por tus objetivos?

Todos tenemos objetivos en esta vida y es muy respetable cada uno de ellos, por descabellado que –quizá- se escuche.

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Hablando de correr, el objetivo de muchos es mantener su salud, para otros correr su primer maratón sin exigirse un tiempo, bajar poco a poco sus marcas personales y, para algunos más, exigirse el doble y romper la barrera de las 3:30 o 3 horas en maratón.

Solo por decir algunos, porque sé que hay muchos más.

Todos los objetivos o metas son válidos, nadie es mejor que el otro por correr más o menos rápido y, mucho menos, ningún objetivo es más o menos importante. La diferencia radica en lo que estás dispuesto a dar por ese objetivo, meta o sueño.

El otro día escuchaba la conversación de dos chicas. Una de ellas decía que no sabía por qué no rendía en sus entrenos si le echaba muchas ganas todos los días y hacia todo lo que su entrenador le decía. A la vez, su amiga le contestaba que ella presentía que era por desvelarse tanto en los eventos sociales y porque seguía tomando.

A veces no comprendemos la diferencia tan abismal entre un entreno de 20km descansado y 20 km desvelado y con alcohol en el cuerpo. (Y si el desvelo es continuo, hay una mala alimentación y un entreno exigente, ni te cuento el resultado).

Si en verdad quieres hacer la diferencia y deseas con el alma verte ambicioso con un tiempo exigente en alguna carrera, tienes que desvelarte menos, descansar más, comer sano, entrenar como si no hubiera un mañana y jamás rendirte.

Si tienes amigos entrañables podrán entenderte si no vas a una fiesta con ellos. No se va terminar el mundo porque no puedas ir un par de veces por dedicarlos a tus entrenos. Por experiencia sé que te comprenderán al final y además se sentirán orgullosos de ti por lograr lo que te propones.

Corre inteligente, corre con el corazón.

Janeth López. 

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XX Medio Maratón Mundo Cuervo, Tequila, Jalisco.

“Cuando la mente se une al corazón todo es posible”.

-Anónimo-

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Todos queremos ser los primeros. Anhelamos el triunfo, la destreza, la paciencia, la entereza, la gloria; es por eso que luchas, te caes, te levantas y continúas, siempre con esa mentalidad de hacer lo mejor que puedes, no importa si eres el primero o el del final, porque sabes que entregaste el último respiro.

El domingo 19 de noviembre se llevó a cabo el XX Medio Maratón Mundo Cuervo, en Tequila, Jalisco. Un medio maratón increíble.

¿Qué me dejó? Un montón de sonrisas, una medalla hermosa, un 4to lugar bien corrido, amistades más estrechas, otras nuevas que llegaron a mi vida, harto dolor en las piernas y recuerdos entrañables.

El pueblo de Tequila me trae padrísimos recuerdos de mi infancia y, cada que regreso, lo disfruto al cien. De eso se trata  la vida, de disfrutar cada momento, cada paso, amar lo que haces, porque solo así -en lo personal- siento que ha valido la pena vivir.

La entrega del kit fue el sábado 18 de Noviembre: recogimos paquete, desayunamos y nos fuimos a un tour por la destiladora Casa Sausa.

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La gente de Tequila es muy simpática, entusiasta y alegre, eso me encanta. El chico que nos dio la explicación de todo el proceso que lleva la producción el tequila fue muy buena. Por cierto, nos dio varias degustaciones y algunos sí terminaron fumigados.

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Al salir de ahí nos fuimos a comer: Leo, Verito, mi madre y yo. Pedimos lo tradicional: tortas ahogadas, chamorros, pechuga al chipotle -platillo de la casa- y una bebida tradicional llamada tejuino, además de la tradicional cerveza para relajar tanto estrés. Todo muy rico.

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Después fuimos a caminar un rato por el Centro del Pueblo Mágico de Tequila, para  luego irnos a nuestro hotel, cenar y dormir porque aún faltaba lo mero bueno: la competencia.

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El domingo 19 de noviembre.

Muy tempranito nos dirigimos a donde sería la salida, eran las 6:00 a.m. y ya se sentía calorcito. Nos dio tiempo de entrar un ratito a misa de las 6:00 a.m. en la Parroquia Santiago Apóstol,  luego trotar, estirar, llevar nuestras cosas al guardarropa y, de pronto, en un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en la línea de salida en punto de las 7:00 a.m., contando la cuenta regresiva para salir “¡hechos la mocha!” a uno de los medios maratones más exigentes que he corrido. 

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Siempre trato de salir lo más tranquila, aunque sin exagerar, pero esta vez me dejé ir como pelota en tobogán. ¡Total, no pasa que le baje a mi ritmo de carrera y ya!

Los primeros 5 kilómetros prácticamente fueron por las calles del pueblo de Tequila- tapizadas de gabazo, que deja un olor a tequila inigualable-.

Al salir del pueblo subes, subes y subes hasta donde están los campos de agave. Son paisajes hermosos, donde se pierde el azul del cielo entre el azul de los agaves. ¡Tienen que presenciarlo, es extraordinario!

Por donde quiera que voltees es inevitable admirar lo hermoso que lucen los agaves.

Los siguientes 5 kilómetros fueron en terracería. Y entre subidas prolongadas y bajadas muy cortas, el sol se hizo presente. Siempre fui acompañada de corredores hombres y una que otra mujer que iba rebasando con el andar de mis pasos.

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Por lo regular, siempre que corro medios maratones y maratones me da tiempo de pensar en muchas cosas: mis entrenos, el trabajo laboral, en esforzarme más, no perder el ritmo, en si ya me cansé y en hacer valer todo el esfuerzo que voy empleando para entrenar; sin embargo, en esta ocasión no fue así.

Del kilómetro 2 al 11 no pensé en más de lo que iba observando y sintiendo en ese momento: entre el azul del cielo, lo impresionante que se veía una parte de la ruta más alta donde los punteros corrían con mucha armonía y, sobre todo, ver el abandono de la ruta por parte de los kenianos, algo me sorprendió.

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Cuando vi a los kenianos abandonar la ruta pensé: “¿Qué los hizo abandonarla tan pronto? Entiendo que no es  fácil y sé que su ritmo esta cañón, pero ¿abandonar?

En fin, al llegar al kilómetro 11 nos sacaron de la terracería para entrar a la carretera asfáltica. Al principio, ingenuamente pensé que sería pura bajada, pero ¡oh sorpresa! me esperaban aún algunas subidas del demonio.

Tremenda subida nos tocó entre el kilómetro 12 y 15. Si quieren un reto, los invito a correr este medio maratón. No tiene comparación con ninguno de los que yo creía complicados, como el Medio Maratón de Sedena o el Medio Maratón del Día del Padre de la Ciudad de México.

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Es una ruta bella, pero rudísima.

Del kilómetro 15 al 17 fueron bajadas y subidas que nos acercaban nuevamente al Pueblo Mágico de Tequila. Al pasar el kilómetro 17 me quiso dar un calambre, solo fue un aviso, la verdad es que me dejó continuar y abrir otro poco para dar el último jalón.

En los últimos 3 kilómetros nos metieron a una parte del patio de la destiladora de Mundo Cuervo, que se encuentra en el Centro del pueblo y, al salir, nos dirigíamos a la calle principal que nos llevaría a la meta.

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Yo les puedo contar mil cosas de este medio maratón, pero solo podrán apreciarlo al 100 si lo corren.

Tienen que disfrutar de la gente de este Pueblo Mágico, de su tequila, su comida, sus calles y sus destiladoras. En verdad,  ¡tienen que vivirlo!

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Y después a disfrutar del día.

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Corre inteligente, corre con el corazón.

Janeth López.

 

Esta, esta es mi parte más sufrida: La ruta. (2da parte)

Llegó agosto y los entrenos iban bajando un poco. Dije un poco.

Un día de las últimas semanas aún me tocaron 2-5000, y yo me preguntaba: ¿es neta?. Obviamente sólo lo pensaba, porque no se lo decía a mi mamá – que es mi entrenadora -, aunque ganas no me faltaban. Eran ya las últimas semanas y yo seguía haciendo repes de miedo.

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Navita, como le digo de cariño a mi entrenadora, sabe cómo manejar los entrenos y yo sabía, desde un inicio, que no iba a ser un entrenamiento fácil. El compromiso que hice con ella fue de obedecer con los ojos cerrados y así fue. Soy honesta: me preguntaba muchas cosas y tenía dudas; sin embargo, se trata de confiar al 100% en ella y en toda su experiencia deportiva de más de 30 años y con más de 20 maratones en su a ver, colocándose en los primeros lugares. Yo soy una novada de 35 años y tan sólo 4 maratones.

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Aquí entre nos, cuando terminé de hacer esos 5000 fueron la neta, me sentí segura y muy diferente, más suelta y fuerte. ¿Trabajo mental? No lo sé, pero hizo efecto y me dio confianza. Ahora sí, sólo faltaba esperar la XXXV edición del Maratón de la Ciudad de México Telcel.

27 de agosto de 2017: El premio fue mayor que el pinche dolor.

“¡No ma… qué pinche dolor!” fue lo que pasaba por mi mente del kilómetro 36 en adelante, eran calambres sobre los mismo calambres, mientras medio pasaba uno en la pantorrilla derecha, ya me estaba dando el otro en la izquierda, ¡qué ganas de sufrir!

El Maratón saca lo mejor de un corredor y también saca groserías y pensamientos muy negativos, sólo es cosa de no hacerles caso y sacarlos rápidamente de tu mente, para que así te enfoques únicamente en cada zancada y en tu objetivo principal: llegar a la meta a producto de gallina.

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Esa mañana fue un día especial, suena a frase de película trillada, pero para un corredor, aún si le fue mal, es un día especial.

Mi mamá y yo llegamos muy temprano, eran las 5:45 am y ya era un mundo de gente en el Zócalo de la Ciudad de México, el nuevo lugar donde darían el disparo de salida. Buscamos el guardarropa, nos vestimos de corredoras y a las 6:30 am nos fuimos directo al arco de salida.

6:45 am: salieron los primeros competidores en silla de ruedas, en seguida las élite femenil, después vendría la salida de los élite varonil. El bloque gris y el bloque amarillo a las 7:00 am. Algo pasa que cuando escucho el Himno Nacional Mexicano en un maratón, lo corra o esté como espectadora, la piel se me pone “chinita” y me entra mucho la emoción. Por lo regular en la mayoría de las competencias lo escucho, sólo que no es lo mismo.

Mientras el Himno Nacional Mexicano transcurría, nos despedíamos mi madre y yo con un beso, los nervios estaban a todo lo que daban, era un “ya quiero correr, ¡vámonos!”.

El primer kilómetro fue explosión, todos salimos echa la duro, llenos de euforia con gritos y aplausos, para luego tomar nuestro paso poco a poco.

Kilómetro 5: De la salida al kilómetro 5 fue una constante lucha entre dejarme ir y el detenerme. Tus piernas están ansiosas de dar más, las sientes un poco pesaditas en algunos casos, en otros ligeras y es aquí en donde tienes que controlar tu ritmo porque en el kilómetro 30 o 35 seguro lo pagarás, así que traté de concentrarme en mi respiración y en cada zancada. Al llegar al kilómetro 5 vi mi reloj: “25:05, nada mal”, pensé.

Los primeros kilómetros se corrieron por Paseo de la Reforma, una de las avenidas más importantes de la Ciudad de México, ahí encontramos algunos de los monumentos y construcciones más simbólicas de la Ciudad como el Ángel de la independencia, la Diana Cazadora, la Palma y el Monumento a Cristóbal Colón.

La estrategia de mi madre era pasar sua-ve-ci-to, des-pa-ci-to, tranquilita pues, los primeros 12 kilómetros, como en mi caso no tenía mucho kilometraje asimilado, corría el riesgo de tronarme en los últimos 10, así que la clave era no emocionarme y controlar mis piernas lo más que pudiera dentro del rango establecido que me impuso mi entrenadora. Rangos que por cierto supe los últimos 3 días antes del maratón.

Uno de mis museos favoritos es el Museo Soumaya, una construcción vanguardista y de forma asimetría. Una gran cantidad de muestras fotográficas se realizan ahí y me encanta. Sé que llegué a la zona de Polanco por este museo tan espectacular.

De pronto, al pasar el museo, una familia me hizo reír mucho. Eran 5 integrantes y cada uno de ellos llevaba en las manos una pancarta, pero sólo pude leer una: “papá, corre tan rápido como cuando mi mamá se enoja”.

Todo iba muy bien. En el kilómetro 20 volví a ver mi reloj: “1:38 ¡Wow, soy increíble!”, la neta del planeta así lo pensé, porque nunca me imaginé pasarlo a ese tiempo y menos sentirme tan bien.

Al pasar el kilómetro 21 vi a muchísimas personas, al principio pensé que eran porras, familias de los corredores que justo en ese lugar habían quedado de verse con ellos para inyectarlos de energía, pero ¡oh sorpresa!, no era porra, eran un chorro de corredores que se iban a meter y estaban esperando la oportunidad de hacerlo. Algunos -en ese instante que iba pasando- se incorporaron y me percaté de lo mal educados que están, ya que muchos de ellos ni se fijan en que pueden pegar, empujar o inclusive pisarle el tenis a un corredor que si está haciendo la ruta completa y que su objetivo es llegar a Ciudad Universitaria, para cruzar la línea de llegada, pero bueno, esa es otra historia de la que sí quiero dar mi punto de vista. Será después.

Kilómetro 27: 50 metros antes del Monumento de los Niños Héroes hay una subidita, de esas que te desinfla. “Hoy se levantó puro chingón a correr”, gritó Verito Delgado. Ella y su esposo, Leonardo, me estaban esperando en ese kilómetro. “Morenita, chíngale”, fue su primer grito al verme. Siempre que la veo y la escucho, sobre todo en medios maratones y maratones, me inyecta energía, me hace reír y olvidarme por unos minutos del cansancio. Amo sus porras, porque te despierta del limbo en el que vas metido, del cansancio y rompe con ese esquema. Te quiero amiga.

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En seguida, Leito se incorporaría conmigo para acompañarme los últimos 15 kilómetros del Maratón y, al salir de Chapultepec e incorporarnos en Avenida Reforma, nos encontramos con el mismo escenario del kilómetro 21: corredores esperando para meterse.

En serio es una verdadera pena ver a tanto “corredor” metiéndose a la ruta de un MARATÓN.

Leito fue una gran ayuda, honestamente no sé qué hubiera hecho sin su compañía. En cada kilómetro me preguntaba “¿cómo estás?, ¿cómo te sientes?, ¿quieres agua?”. Fue un súper apoyo.

Vi mi Tom Tom y ¡zaz! traía los espacios que se supone marcan la distancia y el tiempo en blanco, deje pasar unos metros y volví a mirar mi reloj, pero nada, a partir de ahí se quedó en blanco y parpadeando. Más adelante me percaté de que sólo me estaba marcando 1 hora con 38 minutos, creo que no me aguantó mi ritmo. Al principio si me estresé un poco, pero después confié en mis piernitas y a concentrarme a lo verdaderamente importante: llegar a Ciudad Universitaria

No recuerdo con exactitud el kilómetro, pero ese tramo de la avenida Nuevo León para incorporarnos a la Avenida Insurgentes literalmente se me subieron las hormigas, me costó esa subidita un trabajo impresionante, pero no se diga la bajada porque ahí sí me dejé ir como pelota en tobogán.

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“¿Quieres coca, chaparra?” Voltee y vi a Rafa, un amigo de muchos años, corredor también que ese día -como muchos amigos- se despertaron tempranito para irnos apoyar. Rafita, ¡gracias!

Siempre mi primer pensamiento cuando ingreso a la Avenida Insurgentes es de satisfacción. “Ya chingué, ya estoy más pa´ca que pa´lla”, aunque para mí siempre es la parte más difícil, ves ya tan cerca la llegada, pero te cuesta un blanquillo y el otro para no bajarle al ritmo, te entra la emoción de ver a tantísima gente apoyándote y gritándote que por momentos te desconcentras, pero es tan bonito.

Kilómetro 36: “no por favor, no” el primer calambre en la pantorrilla derecha. No paré. Traté de controlarlo, aunque es un dolor tan penetrante que por más que quieres seguir corriendo se te desguanza, debilita la pierna y parece que llevas un trapo colgando.

En el kilómetro 37: Leito me preguntó “¿cómo vas, Jan?”, a lo que yo en seguida le contesté “ya me dieron calambres”. “Tranquila, Jan, ya casi llegamos, despacito”, me contestó.

En ese momento quise hacer cuentas y tomar como referencia la hora, vi mi reloj, no quería hacer más de 4 horas y por los calambres entré en mucho estrés y Leito quizá vio mi cara y me dijo: “vas muy bien, tranquila”. Quise confiar en sus palabras y tratar de concentrarme más.

En ese mismo kilómetro una de mis mejores amigas estaba ahí, Hypatia. Desafortunadamente no la vi, pero me tomó una linda foto que describe mi angustia. No quería que los calambres fueran un impedimento para no hacer lo que me había propuesto.

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Kilómetro 39: Prometo que esto de los calambres es una sensación tan fea que por más ganas que le quieras echar, te detienen. Los calambres someten tus piernas y ni un paso te permiten dar.

Uno tras otro, así me la pase con los calambres, me daban en la pierna izquierda y luego en la derecha, por todo me empezaban, si pisaba un bache, si se me atravesaba una persona, cualquier movimiento mal echo me generaba un calambre en la pantorrilla.

Kilómetro 41: “ya te lo chingaste, Jan”, me decía Leito, y yo con mi cara de angustia, no sabía qué tanto habían perjudicado los calambres a mi tiempo y eso sí me generaba mucha desesperación.

Kilómetro 42: antes de llegar al kilómetro 42 pasas un túnel y enseguida viene una pendiente de 20 metros más o menos, pero con el dolor, la emoción y adrenalina creo que esta vez no la sentí.

Cuando pisas el tartán es la sensación más bonita e inexplicable, sabes que te duele hasta el cabello, pero ves la meta y quién sabe de dónde sacas fuerza, pero abres lo más que puedes y te lanzas a cruzar la esperada meta.

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Mientras corría los últimos 195 metros pensé en lo grande que es mi madre, en sus abrazos, consejos, en sus montones de regaños en los entrenos y mientras más me acercaba veía el reloj y simplemente no podía creer.

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3:35: Qué manera de sufrir y qué manera de disfrutar la vida. 

Mi mejor marca y aún no lo podía creer.

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Gracias infinitas a todos mis amigos que me encontré en la ruta y perdón si no los escuché, pero la verdad trataba de concentrarme lo más que podía, sobre todo, en los últimos kilómetros.

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Gracias por etiquetarme en las fotos, están padrísimas.

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Corre inteligente, corre con el corazón.

Janeth López

A estas letras de mi vida les llamo “decisión”. (1er parte)

“Ya te lo chingaste, Jan”

Fueron las palabras de un amigo que me acompañó los últimos 15 kilómetros del Maratón, a quien  agradezco infinitamente por apoyarme, no desesperarse y ser mi porra los últimos kilómetros. ¡Gracias, #Leitosinfacebook!

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Si tuviera que elegir una foto con la cual resuma mi Maratón, sin duda seria esta:

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Dolor, coraje y mucha, pero mucha desesperación.

Fueron los últimos 6 kilómetros 195 metros de calambres constantes, uno seguido del otro y entre más apretaba el paso más me daban y más desesperación sentía. ¡Qué angustia!

Todas las competencias se viven diferente; sin embargo, correr un MARATÓN es una lección de vida y esperanza. No sólo por correrlo, sino por todo el trabajo de meses atrás. Te hace disciplinado, fuerte, ordenado, tolerante, paciente y hasta poeta en cada entrenamiento.

Tu vida toma un rumbo distinto cuando entrenas para un maratón. Cuando verdaderamente estás dispuesto a entrenar para un maratón, es una vida que pocos se atreven a vivir completa.

La decisión de correr esta edición XXXV del Maratón de la Ciudad de México Telcel se dio a principios del mes de mayo. Ni yo esperaba correrlo, pero ya saben, los buenos amigos metiches: “Jan, estuviste enferma y pudiste estar muy grave el año pasado, gracias a Dios estás bien. Ponte las pilas, ya se terminó abril, ¿qué sigue, amiga?”. Eso, honestamente, sí me movió. Mi amigo tenía razón: ¿qué seguía?

Estaba cayendo en un confort en mi vida deportiva desde que inició el año y entre que si trotaba, que si no, que si el sol, que si llueve, que si me dolían las piernas, que si no me despertaba, que si me canse mucho, que si me desvelé… y así transcurrió enero, febrero, marzo y abril.  El año ya se me estaba yendo con una infinidad de pretextos.

Hoy le doy gracias a uno de mis mejores amigos por regañarme y sacudirme, literal, de esa pereza.

Así que después de esa platica constructiva, vi el calendario, hice cuentas y corrí a ver a mi mamá: “Navita, quiero entrenar para el Maratón”

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– Navita: ¿Cuál maratón?

– Yo: El de la Ciudad de México, el de aquí.

– Navita: Ya es mayo, ¿no?

– Yo: Sí.

– Navita: no, es muy poco, no tienes base y el año pasado no entrenaste nada.

– Yo: El año pasado es pasado, quiero correr el Maratón, como salga.

– Navita: ok, pero harás lo que yo diga y cómo lo diga.

Convencida le dije que sí, conociéndola no iba hacer tan fácil y así fue.

En mayo inicié oficialmente mi entrenamiento para el Maratón. Los martes eran días de pista e inicié haciendo 200 metros en 55 minutos. Len-tos, muy len-tos. Y las supuestas distancias ni les cuento, apenas podía con 10 kilómetros.

Llegó junio y honestamente sí dudé mucho si lograría correrlo en el tiempo que me propuse: por debajo de las 4 horas, y eso me ponía un poco estresada al ver mis tiempos de repeticiones en pista.

A mediados de junio seguía casi igual; sin embargo, veía un poco mis avances, los 300 metros ya salían en 1 minuto 15 y los 200 en 48 segundos. ¡Ya era un avance!

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A fines de junio me pesaba todo, las piernas, las manos, la panza, la cabeza, y hasta mi vida; sin embargo, la parte divertida que salvó mis semanas caóticas fueron mis amigos.

Por el corto tiempo que tenía para el Maratón, mi entrenadora desarrolló un entrenamiento específico y algo duro, ya que haciendo cuentas no iba a poder hacer muchas distancias y obviamente la base “pre-maratón”, ni pensarlo.

En julio pude apreciar más los avances del entrenamiento, pero el cansancio era cada vez más entre las distancias, las cuestas y las repeticiones terminaba mis días rendida.

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En repetidas ocasiones le preguntaba a mi madre si lo lograría, si podría hacerlo y siempre la respuesta de mi entrenadora fue: “sí”. Siempre era un sí contundente y eso me creo mucha confianza. Yo era un manojo de dudas, pero ella me brindaba la suficiente paz y confianza para creer que sí lo lograría.

Debo confesar que su trabajo psicológico fue el mejor: “las piernas tienen chip y el tuyo solo necesita reiniciarse y lo vamos hacer”, cómo recuerdo esa frase cuando hice mi primera distancia fuerte de 25 kilómetros, porque terminé ese sábado todo el día en mi cama, comiendo y durmiendo.

Decidir correr un maratón es algo individual, es un compromiso serio contigo mismo. No hay más.

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Tengo prácticamente 6 años corriendo y en esos 6 años he corrido 4 maratones, todos en la Ciudad de México: El primero lo hice con un desgarre, 15 días antes del Maratón, pero acabé con 3:48. El segundo con 3:36. El 3ero lo corrí con mi mamá y fue una de las experiencias más bonitas que guardo en mi corazón con mucho amor. Este mi cuarto Maratón, lo acabé en 3:35 con 3 meses de entrenamiento y es al que más dedicación y compromiso le he puesto.

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La parte de la alimentación fue muy importante y pude aplicar varias medidas que he aprendido en mi Certificación de Nutrición Deportiva, me ayudó muchísimo en este Maratón. Después les iré contando y dando algunos tips para sus próximos maratones, los alimentos hacen una maravilla en nuestro cuerpo sabiéndolos distribuir en las diferentes cargas de entrenamiento.

Y llegó el mes del Maratón: agosto

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Pero eso es otro cuento y mañana en mi próxima entrada del blog les contaré…

¡No los quiero aburrir!

Corre inteligente, corre con el corazón.

Janeth López

Carrera “Día del Niño, Cerro de la estrella 2017”

Los niños son el alma de la fiesta, los invitados especiales. El resto somos los anfitriones para que ellos se la pasen lo mejor posible.

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Ver sonreír a un niño y darte cuenta que tuviste algo que ver con esa sonrisa, es una de las satisfacciones más bonitas que te hace vibrar el corazón.

El fin de semana pasado, para ser exacta el 7 de mayo, se llevó acabo la carrera infantil gratuita  “Día del Niño, Cerro de la Estrella”, en la que, desde hace 3 años, participo como juez con el grupo “SPORTS CHECK POINT JUECEO”; sin embargo este año quise involucrarme un poco más para que cada niño ganador obtuviera un premio a ese esfuerzo extra y no solo obtuviera un balón o una pelota -obviamente las pelotas y balones son bienvenidos-, pero quería que fuera algo más especial, así que me di a la tarea de conseguir la premiación con amigos y conocidos que se volvieron padrinos o patrocinadores. La verdad tuve una extraordinaria respuesta, lo que agradezco infinitamente, pero -sobre todo- quienes apoyaron la causa deben estar satisfechos de que fueron parte de un día especial, lleno de sonrisas y satisfacción.

Esta carrera no es nueva; no obstante, muchos corredores del Cerro de la Estrella no saben que se lleva a cabo, porque no se hace mucha publicidad, debido a la falta recursos económicos. Todo se hace con la cooperación de algunos corredores del Cerro y de “conocidos de conocidos”, con el objetivo principal de hacer feliz a 500 almas inocentes.

Las cabezas de esta gran labor son dos personas extraordinarias: Rafael García y Juan Mendoza, quienes empezaron la carrera con medallas de otras carreras, pelotas como premio a los ganadores y una que otra playera regalada de otros corredores, así fue la primera carrera, pero -además de eso- durante diez años han puesto algo más: muchísimo corazón y ganas de que cada año sea mejor para los niños.

Cada vez se integran más personas para ayudar, hay más voluntarios queriendo apoyar en diversas actividades, como hacer sándwiches para los pequeños, dar medallas cuando cruzan la meta y  cuidar a los más chiquitos de las categorías.  Otros más participan económicamente para comprar las playeras, medallas y otras cosas que se van utilizando. De esta manera es como todos los corredores del Cerro de la Estrella ponemos nuestro granito de arena para fomentar el deporte en los niños.

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Y ahora sí, les cuento un poco de lo que se vivió ese día.

Todo comenzó con muchos locos y un poco de inocencia: imagínense a 500 niños y a más de 500 papás queriendo capturar el momento idóneo en el que su retoño cruza la meta… ¡com-pli-ca-do!

Sí, en efecto, es un verdadero trabajo controlar a cada uno de esos padres, pero al final saben que deben respetar los banderines que se colocan para no “estorbarles” a sus hijos.

La cita era a las 7 de la mañana para el registro de cada niño, luego se le da su playera para que a las 8:15 dé inicio este gran evento.

En esta ocasión, una pequeñita de apenas un año y medio fue la que rompió el listón de la meta para dar inicio a la sería una gran fiesta.

Las caritas de los niños de 2 a 3 años eran una ternura, algunos llorando, otros bailoteaban y unos cuantos ya ansiosos por querer salir corriendo y ganar.

Te derretirías de amor al ver a tanto pequeñito listo en la línea de salida.

Así transcurrió la carrera, con 16 categorías en total, 8 categorías de niñas y 8 de niños, ¡todos emocionados y llenos de energía para salir como rayo!.

La categoría de los más grandes es de 16 a 17 años y ahí juntamos a los niños y niñas porque ya eran poquitos. Me sorprendió que la mayor demanda era de niñas, así que decidimos juntarlos colocando a las niñas enfrente y a los niños atrás, la respuesta a su esfuerzo era un par de tenis y ropa, para ambas categorías, por lo que el esfuerzo valió mucho la pena este año para los tres primeros lugares.

Los que se llevaron la carrera fueron los niños con capacidades diferentes, son niños valiosos que se esfuerzan al máximo por darlo todo, van corriendo y te sonríen, se emocionan y gritan de alegría. Verlos te pone la piel chinita.

Todo vale la pena por ver a los chiquitos, y no tan chiquitos, felices con sus regalos, su playera, su medalla, su lunch y con esas ganas de querer regresar el próximo año a ganar.

“La carrera es de cada niño y de cada persona que se une a esta locura” Rafael García.

Gracias a los patrocinadores de los regalos:

Paty Alanís, Azareet Guzmán, Alejandro Osorio, Elena Solís, Israel Carrasco, Patricia Arriaga, David L, Kathya Mirell, Sergio Ortiz, Adrián Velarde, Rafael Medina, Lizandro Alanís, Luis y Jaime Soriano, Arturo Herrera, Jorge Ramírez, Emilia Nava, Conni Bravo, Omar Velarde, Manuel Torres Ávila (Atletas Elite), María de la Luz Hernández Alcántara, Elías Coss, Alfredo Rodríguez, Ignacio Díaz, Ana María Zirate, Antonio Villa, Maricarmen Fuentes, Verónica Delgado, Hilda Salgado, Marisela Hurtado, Erika Rodríguez, Virginia Flores y Héctor Guillen, Daniel Nava.

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En la carrera…

Premiación…

Corre inteligente, corre con el corazón

Janeth López