Carrera “Día del Niño, Cerro de la estrella 2018”

“Ya son 11 años y tiene que salir 11 veces mejor”

Rafael García, organizador del evento.

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No es fácil construir durante 11 años una carrera exclusiva para niños,  y es el doble o quizá el triple de esfuerzo cuando es totalmente gratuita.

No es sencillo conseguir las playeras, medallas, los números, voluntarios, lonas, juguetes, entretenimiento, premiación, jueceo, permisos del lugar, vigilancia, baños, lunch para los niños, el agua, fruta y un sinfín de cosas que se necesitan para hacer de un evento gratuito el mejor. Es todo un rollo que conlleva paciencia y bastante tiempo.

 Año con año se trabaja para que los 500 niños que participan lleguen a su casa con una sonrisa en el rostro y nosotros con la satisfacción de dejar en los niños una semillita para el deporte.

En lo personal, este es mi 4to año que participo como juez con el grupo “SPORTS CHECK POINT JUECEO” y mi 2do año recopilando los regalos de la premiación para los niños ganadores, algo que no podría hacer sin ustedes, mis amigos, que son los que hacen vibrar de emoción a cada niño ganador.

Y ahora sí, a lo que vinieron a leer: la carrera

El pasado domingo 6 de mayo, la cita ya estaba pactada para que a las 7 de la mañana llegaran los niños a registrarse y poder darles su playera, después meterlos a su corral y a las 8:30 de la mañana dar inicio a este gran evento.

La que no estaba invitada también llegó para quedarse y festejar con los niños: la lluvia.

Estuvo todo el tiempo una especie de chipi-chipi continuo y eso nos afectó un poco con los tiempos de salida para los hits de los niños, pero pudimos salir a flote.

Una pequeñita en silla de ruedas fue la que rompió el listón, a fin de dar inicio a la que sería una gran fiesta para 500 almas inocentes.

Imagínense 16 categorías infantiles: 8 de niñas y 8 de niños. ¡Todos emocionados, ansiosos y llenos de energía, dispuestos a dar lo mejor!

Las primeras categorías en llegar a la pista fueron las niñas y los niños de 2 a 3 años. En esta categoría no sabes si correr a abrazarlos, besarlos, apapacharlos, ayudarlos o simplemente quedarte como espectador. Son ternuritas con dos patitas corriendo, caminando, gateando, unos lloraban, otros sonreían o aplaudían o simplemente se quedaban parados viendo y escuchando a todo mundo gritar: “¡Córrele!”.

 

 

Daban ganas de premiar a todos esos pequeños, son un amor.

Luego siguieron los niños de 4 a 5 años, todas y todos muy atentos a las indicaciones que les daba para su salida. Ellos muy eufóricos me contentaban: “Sí” cuando les preguntaba si me habían escuchado y si habían entendido. Me parece que entienden mejor que los adultos.

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Así transcurrieron las categorías de niños y niñas. Algunos sonrientes, hasta bailando y posando, otros muy pensativos y concentrados, todos dispuestos a quedarse con los tres primeros lugares de su categoría.

Y mientras van participando las categorías, al pie del museo del Cerro de la Estrella se colocaron payasos y pinta caritas para que los niños más pequeñitos y no tan pequeñitos se divirtieran, pasando un momento aún más agradable.

A mitad del evento, lo que era un chipi-chipi se convirtió en lluvia. La preocupación era que los niños se nos fueran a mojar; sin embargo, ellos eran los más contentos y motivados para correr. Me pude percatar que para muchos niños fue como la cereza del pastel. ¡Felices!

Por la lluvia y para prevenir algún accidente decidimos juntar a la última categoría de 16 a 17 años, niños y niñas. Cerramos con ellos la ruta para dar pie a la premiación de todas las 16 categorías de niños y niñas.

Y así terminamos un año más, lleno de nuevas experiencias y muchas alegrías que nos llenaron el alma y el corazón. ¡Nos vemos en 2019!

Gracias, muchas gracias a todos los patrocinadores de los regalos, se llevan una imagen en su memoria de un niño con una sonrisota.

Azareet Guzmán, Diana Patricia Villamil, Elena Solís, Israel Carrasco, Kathya Mirell, Sergio Ortiz, Adrián Velarde, Norma Reyes, Socorro Hernandez, Flor Norberto, Veronica Curiel, Erick Medina Garibo, Ángel Avendaño, Raúl Cruz, Rafael Medina, Lizandro Alanís, Luis y Jaime Soriano, Emilia Nava, Manuel Torres Ávila (Atletas Elite), Ignacio Díaz, Ana María Zirate, Antonio Villa, Maricarmen Fuentes, Verónica Delgado, Marisela Hurtado, Virginia Flores y Héctor Guillen, Daniel Nava, Luci Saldaña. 

Y también muchas gracias a las personas que me apoyaron y que prefieren permanecer en el anonimato.

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Corre inteligente, corre con el corazón

Janeth López

 

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Maratón Lala 2018. Trigésima edición. (Tercera Parte)

Kilómetros 26 al 35:

Cuanto más sudas en el entrenamiento, menos sangras en la competencia de un maratón.

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Un día antes mi mamá me dijo: “Te voy a ayudar con los últimos 15 kilómetros”, ya se imaginarán mi expresión: “¿Qué?”, le dije y ella me contestó: “Sí, si mi pierna me responde (se refería al problema que la aqueja del ciático) y si llevas un paso accesible, me voy contigo 15 kilómetros”, así que iba muy atenta, esperando ver a mi mamá por el kilómetro 27.

A lo lejos vi que trotaba de esquina a esquina de la calle y con bolsitas de electrolitos en la mano, se acercó a mi lado y rápidamente me empezó a interrogar sobre cómo me sentía, cómo iba, si necesitaba algo… me extendió la mano para darme una bolsita de electrolitos, me la tomé –me percaté que tenía hielitos-, se lo agradecí y continuamos.

Le pedí que si en algún momento sentía que le bajaba, me hiciera volver a ese ritmo que llevaba a como diera lugar: “¡No dejes que le baje, por favor!”.

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El calor ya estaba haciendo estragos, me empezó un dolor en la cabeza, no fuerte, pero si era molesto, por lo que me mojé un poquito la cabeza con agua y eso me alivió.

Al llegar al kilómetros 30 me dijo: “Mi pierna no me responde, no te voy aguantar el ritmo, te voy a dejar ¿necesitas algo más?”, le contesté que por el momento nada, hizo un movimiento con las manos y de reojo vi que me estaba dando una bolsita con más electrolitos y una bolsita de coca, ambas las guarde dentro del top y vi cómo se iba quedando en la ruta.

Sentí feo no poder ir con ella, pero a la vez eso significaba que llevaba un paso continuo y fuerte, así que no dejé que eso me afectara emocionalmente y comencé a contar, creo que llegue al 113 cuando, de pronto, a lo lejos vi a una abuelita en la banqueta, sentada en su silla de ruedas con una olla exprés y una cuchara de madera en las manos, esa imagen me dibujó una gran sonrisa en el rostro, al pasar junto a ella alcancé a escuchar que decía, con voz suave, “¡Ustedes pueden!”.

¡Wow! Esa señora me hizo pensar tantas cosas, justo lo que necesitaba para sentir buena energía y gran motivación para no decaer. A estas alturas, todos necesitamos motivación.

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Semanas antes del viaje estaba muy nerviosa porque justo en mi anterior maratón empecé con los calambres en el kilómetros 33 y fue frustrante querer dar más y no poder, así que pasando el kilómetros 30 iba algo temerosa.

Cuando llegué al letrero del kilómetros 33 sentí unas ganas de llorar, no sé por qué -aún sigo tratando de descifrar-  lo único que recuerdo de ese momento, y que creo que me sacó de ese sentimiento, fue un chico que se me acerco a preguntarme por cuánto iba: “Abajo de 3:35”, él me respondió: “¡En serio! Yo voy abajo de 3:30”. Recuerdo que le sonreí y eso fue todo, para ser honesta no visualizaba, que digo visualizar, ni si quiera dimensioné cuando me dijo 3:30.

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Continué y logré pasar el kilómetro 34 sin problema. Aquí hice uso de mi segundo gel GU extra cafeína que me cayó de perlas porque me levantó en seguida.

Logré ver en el asfalto, pintado con letras enormes, “Kilómetro 35”. No me dolía nada, iba a buen ritmo y sin ninguna alerta de calambre hasta ese momento. De pronto, escuché clarito la voz de Verito Delgado gritar ¡Vamos, mi morenita! Voltee, pero recordé que ella no había ido; sin embargo,  escuché clarito su voz, de ahí la fui recordando un rato por sus gritos tan peculiares, sobre todo en los medios y maratones. Todo parecía ir perfecto.

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Kilómetro 36 al 42:

Justo llegando al kilómetro 37 -parece que vuelvo a vivir ese momento- vi mi reloj que marcaba 2 horas 59 minutos. Mi rostro seguramente dibujó una mega sonrisa de oreja a oreja, estaba pasando mejor de lo que yo llegué a imaginar, no lo podía creer, pero justo ahí, cuando todo era felicidad, sentí un jalón profundo desde la espalda y que bajaba a la pantorrilla, era tan intenso que por un segundo paré, di tres pasos y sentí como alguien me ponía la mano en la espalda, sentí mucho calor, voltee para ver quién era, pero no había nadie cercano a mí. Fue un alivio que no me explicó aún. No sé qué fue, estoy segura que no fue mi imaginación; sin embargo, al voltear no había nadie. No quise ponerle mucha atención y me traté de enfocar nuevamente a continuar con mi paso.

Volví a intentar correr y a 300 metros me volvió a dar otro calambre, me frustré, me sentí muy desesperada, quería tranquilizarme y no podía; con voz baja me susurraba: “¡No, otra vez no, otra vez no por favor!” y como tratando de distraerme del dolor, recordé un entrenamiento en Viveros de Coyoacán en donde llegué a una frustración similar.

Semanas antes ya estaba afinando mis entrenamientos más largos, es decir, de 30 kilómetros, y mi mamá había asignado que los haría a ritmo en Viveros de Coyoacán, pero no sabíamos que en esos días estaban echando arcilla -imagínense cómo estaba de pesada la pista-; cada que pisaba no tenía nada de estabilidad por la arcilla suelta.  Los primeros 15 kilómetros no los sentí tan pesados, pero al seguir se volvió una tormenta, mis tobillos y mis rodillas no lo aguantaron, empecé a sentir un dolor intenso en el tobillo y en la rodilla, pasé los 20 kilómetros y ya todo me molestaba. Me frustré, ya estaba corriendo molesta, enojada, solo quería terminarlos y ya. Pasé el kilómetro 27 y definitivamente me paré. Ya no pude seguir, me acosté en la tierra y  me puse a llorar. Después, como niña me frustré por no terminar, me sentía mal, enojada. Para mí, no completar un entreno para maratón específicamente me causa cierta inseguridad, pero fue mi decisión ya no terminar el entreno, eso me hacía sentir peor.

Mi mamá solo me vio, se quedó callada y nos fuimos a desayunar. Ya en el desayuno me dijo que eso que había hecho solo le estaba demostrando debilidad e inmadurez, quise hablar y me calló: “Quiero que me escuches. Lo que acabas de hacer es un berrinche, ¿cada que se te ponga un problema vas a actuar así? ¿Te vas a poner a llorar? ¿Con eso lo resuelves? No señorita, yo no te he enseñado a ser así, las cosas se enfrentan como vienen, si quieres llorar pues lloras, pero al final cuando ya terminaste de hacer lo que tuvieras que hacer, aprende a resolver tus problemas y siempre ve lo más positivo de las cosas. El que esté tan suelta la arcilla te puede ayudar porque estás haciendo también fuerza, pudiste bajar el ritmo y terminar el entrenamiento; tienes que aprender a tomar decisiones fundamentadas y pensadas, hoy fue en cuanto a tus entrenamientos, pero también en cuanto a tu vida diaria. Yo no estoy corriendo, no sé cómo te estás sintiendo, aprende a no agobiarte, a no ser tan visceral, eso puede marcar una gran diferencia”. 

Así que recordar este entrenamiento me distrajo de lo que estaba sintiendo en mi pierna. Me enfoqué en mi respiración, saqué la frustración y cuando volví a sentir un pequeño calambre estaba pasando el kilómetros 38, y a 20 pasos de ahí un grupito de monjas con pancartas: “pídele a Dios lo que necesitas” “Dios está contigo, corredor” “Dale la oportunidad a Dios para que te acompañe”.

En todos mis anteriores maratones, y creo que en todas mis carreras en sí, no había visto en la ruta a religiosas y menos con pancarta en mano apoyando a los corredores. Fue algo extraño.

No soy devota de ninguna religión; sin embargo, sí creo en la fuerza de la naturaleza, en la energía, sé y creo que existe algo superior a los humanos, pero no soy de las personas que va cada ocho días a la Iglesia. Sí tengo familia muy católica y me han enseñado muchas cosas, entre ellas, a rezar, así que en esos momentos lo hice. Pedí que por favor ya no me dieran calambres, lo pedí con el corazón, con el alma, desde lo más profundo de mí ser: “Solo pido que no me den calambres, yo hago el resto y prometo no quedarme con nada”. No quería volver a mi casa sin superar mi marca personal de maratón, no estaba dispuesta a dejarme vencer por unos calambres, por lo que entre la frase escrita que vi y lo que me dijo mi mamá ese día del entrenamiento traté de recuperar mi paso, y así fue.

Luego recuerdo que un kilómetro me la pasé hablando conmigo misma: “Janeth, haz lo mejor que puedas, tú crees que eres la única que siente cansancio, tú crees que los que van a tu alrededor no sienten calambres, míralos, ve, todos van con más dolor o igual que tú. Da gracias que has llegado hasta este kilometraje, aquí vas, te vas recuperando, no te quejes del calor, no te agobies, haz entrenado y entrenaste bien; te esforzaste todos los días para hacer un entrenamiento de calidad, no te venzas a estas alturas del maratón, no te lo mereces ni tú, ni toda la gente que cree en ti”.

Casi llegando al kilómetro 40 vi a mi mamá nuevamente y me preguntó: “¿Cómo vas?”, le contesté que bien; me dio una bolsita de electrolitos, me la tomé y en seguida encontramos a personas con esponjas de agua, mi mamá jaló una y me dijo: “Solo mójate la cara”, y seguimos trotando.

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Pasamos el kilómetro 40:

“Solo son dos kilómetros y esto se termina”, pensé.

El calor ya estaba intensísimo, la verdad fue muy acertado correr con gorra.

“No creo aguantarte, mi pierna no responde del todo, te veo en la meta”, me dijo mi mamá y en menos de un segundo pensé: “Pero si no voy tan rápido ¿qué pasa?”. Voltee la cara mirándola y le dije: “Ya no puedo”, ella se aferró y me contestó “Cómo chingados no vas a poder si ya casi llegas, ve esa chica que va ahí, esa de negro, es de tu categoría, rebásala”. “Ya no puedo”, le contesté.

 “Te dije que la rebases”, me repitió mi mamá. Me quedé callada y sentí como daba un jalón, le volví a decir que ya no aguantaba, que no aguanta el ritmo. Volteo a verme y me externó: “Si puedes, ya estas a dos kilómetros de llegar, ¿cómo no vas a poder? Yo ando mal y no me quejo, estoy contigo, te estoy apoyando, cállate, concéntrate, respira, abre y jala” “Es que este ritmo no lo voy a aguantar”, le contesté; sin embargo, rebasé a la chica de negro y aumenté mi paso.

Cuando me faltaban 200 metros, justo al dar la vuelta para entrar a la última recta que me llevaría  a la meta pisé un hoyo y volvió el calambre, pero más intenso a mi chamorro y ahora a mi muslo izquierdo, era un dolor tan fuerte que juraba no iba a llegar.

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“¡Ya estás aquí! ¡Ya lo lograste! ¡Abre!”,  me repetía mi mamá contantemente. Volví a pensar: “Si me he de reventar, que valga la pena”, y empecé a abrir, con dolor intenso, pero con esas pinches ganas de darlo todo  y no quedarme con un horrible “hubiera”, así que alcé la cara y me emocioné tanto que empecé a llorar; vi el reloj y no lo podía creer, no quise ver en los últimos 5 kilómetros a qué paso iba porque pensé que ya me había subido muchísimo, así que decidí no verlo y cuando me fui acercando a la meta era aún más mi asombro al ver en números rojos el reloj: ¡3:26:10! Yo iba por un 3:30 y me traje en mi reloj 3:26:10. Repito: ¡no lo podía creer! 

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Fue un momento de tanta adrenalina y felicidad,  vi a tantísima gente gritando, aplaudiendo; me perdí por un segundo en el público, en las porras y en los papelitos de colores tirados por toda el área de llegada, hasta que mi mamá me grito: “¡Morena despierta!”, me dio la mano y entramos juntas a la meta, un momento que quedó plasmado en una hermosa foto.

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¡Ya lo habíamos logrado! Di tres pasos después de la meta, paré mi reloj y me desvanecí, mi pierna se me dobló, no paraban de darme calambres, uno tras otro; al final me atendieron y pude salir de ahí, contenta con mi tiempazo tatuado en mi corazón.

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La vida es para darlo todo en todo, es ir por todo. Las medias tintas no se me dan.

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Corre inteligente, corre con el corazón.

Janeth López. 

Maratón Lala 2018. Trigésima edición. (Segunda parte)

Vivir el proceso de un maratón desde sus entrenamientos hasta llegar a la meta es desnudarte ante él cuando lo corres. ¡No hay más!

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Aquí les va mi crónica de un tiempo no esperado.

Domingo 4 de marzo 2018: Con el alma.

¿Se han despertado con tanta adrenalina y ansiedad que quieren salir a gritar para desahogar un poco a ese monstro que vive dentro de ustedes?

Díganme que no estoy loca y que ustedes también sienten esa adrenalina cada vez que van a correr un maratón.

Sonó mi despertador a las 4:30 a.m., abrí mis ojos, me paré directo a una mesita de la habitación donde había dejado todo listo para desayunar: un huevo cocido con pepinillos, media manzana, un plátano, 6 nueces, 12 almendras, un té verde y medio litro de agua. Lavé mi cara, me puse crema, bloqueador y vaselina; me vestí, me puse los tenis, el número, el chip, tomé mis geles, mis bolsitas de agua con electrolitos y me salí del hotel a las 5:30 a.m.

Llegué a la planta de Lala a las 5:45 a.m., ahí sería la salida del Maratón. Se sentía un clima bastante cálido -al menos yo ya estaba sudando a esas horas-, de ahí todo transcurrió muy rápido.

Mi mamá y yo nos dirigimos a la entrada de mi corral, solo que antes de pasar ahí había una especie de filtro en el cual solo los corredores podían pasar a los baños, al área de calentamiento y después dirigirse a la entrada para pasar al área de salida del Maratón. Mi mamá no tenía número, así que decidimos despedirnos en ese momento para que yo ingresara al baño y calentar, y en lo que me estaba dando indicaciones un chico se nos acercó: “Tengo este número, la persona que iba a correr no llegó y prefiero que alguien lo ocupe”. Le agradecimos el gesto, le comentamos que mi mamá solo me iba apoyar, que no lo correría completo. Me miro de abajo hacia arriba muy chistoso y me contestó: “tú te ves con cara de corredora rápida y si tu mamá te va a ayudar en la ruta es porque vienes por un buen tiempo, así que vale la pena dártelo para que entren juntas a la meta”. ¡Wow! Le agradecí nuevamente, mi mamá se puso el número y entramos al corral previo a la salida para ir al baño y calentar un poco.

Los nervios estaban al tope y la gente cada vez se aglomeraba más en el espacio que dejaron para entrar a donde sería la salida del Maratón, así que decidí irme a formar y ahí seguir moviéndome un poco. Ahora sí me despedí de mi mamá y me dijo: “¡Te veo en el 27!” “Sí”, le contesté y pensé: “¡Qué pinches nervios!”

Todo era euforia, gritos, conversaciones de que si entrenaron o no, si romperían su marca, otros estaban preocupados por el calor, por si se habían hidratado adecuadamente, por si se amarraron bien las agujetas y algunos más tomándose la selfie pal “feis” sonriendo, con ese brillo especial en los ojos cuando te sientes feliz por hacer algo que te apasiona.

Luego nos acercaron más al arco de salida, se dieron algunas palabras que honestamente no recuerdo y en punto de las 6:45 a.m. se estaba cantando el Himno Nacional Mexicano. Al terminar, en seguida con gran fuerza se contaba 5…4…3…2…1… ¡Aquí vamos!

Los primeros 5 kilómetros:

En los primeros 3 kilómetros parecía que mis piernas eran dos plumas, las sentía ligeras y fuertes, pero tenía que detenerlas un poco, esto apenas estaba empezando y si me dejaba ir a lo bruto sabía que después lo pagaría  –por ahí del kilómetro 30-.

Vi a mi mamá en un retorno y me grito “¡Vamos, Morenita, esto apenas empieza!”.

Al pasar el kilómetro 3 vi mi reloj y me percaté de que estaba corriendo un poco más rápido de lo que corrí en el Maratón de la Ciudad de México, era obvio que sería así; sin embargo, me entró un poco la duda de si estaría corriendo bien, así que decidí mantenerme a ese ritmo y llegar al kilómetro 5 para checar mi respiración, ver a detalle cómo me estaba sintiendo, si me encontraba cómoda con ese paso y, por supuesto, el tiempo.

Llegué al kilómetro 5 en 23:40, volví a hacer un pequeño análisis de cómo estaba corriendo, escuché mi respiración y la noté muy controlada, por lo que me aventé a continuar con el mismo paso.

Total, vine a darlo todo, pero con inteligencia.

Durante este tramo me sorprendió ver a tanta gente afuera de su casa gritando “¡Ustedes pueden!” con sartenes y cucharas en mano, tocándolos con fuerza como si fueran tambores.

Mi mamá ya me había contado que ese maratón se distingue por la calidez de su gente, pero estaba sorprendida de ver a esas horas a tantas familias a fuera de sus casas con un grito a todo pulmón para los corredores.

Definitivamente Torreón es algo fuera de serie, hasta tienen su propia réplica de la Torre Eiffel en Gómez Palacio.

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Esto apenas esta iniciando y yo ya estaba sorprendida de su gente, sus lugares, sus calles tan limpias. Imagínense los siguientes kilómetros.

Del kilómetro 6 al 15:

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Observé el impacto que causaba el maratón en La Comarca: su gente, el color, las porras, los gritos, los niños apoyando dando agua. En serio que yo estaba sorprendida de la calidez de las personas, su amabilidad, el respeto que les causa ver en el asfalto a tanto corredor que se atreve a correr 42 kilómetros 195 metros.

Algo que me llamó mucho la atención en la ruta del Maratón fue ver a pocos corredores, es decir, estaba acostumbrada en mis anteriores maratones –los de la Ciudad de México- a batallar con la gente que, a estas alturas de kilómetros, va caminando (casi, casi tomándose el café), con perros, carriolas, etcétera, y aquí iba uno que otro corredor a lado mío, incluso llegué a correr en algunos tramos sola.

Al llegar al kilómetro 15, aproximadamente, pasas por un puente plateado, les prometo que por 200 metros me sentí estrella de cine porque había una cantidad de fotógrafos impresionante capturando la mejor imagen de cada corredor y les juro que no exagero. ¡Tienen que vivirlo!

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El calor ya se sentía bastante fuerte y apenas íbamos en la cuarta parte del maratón.

Kilómetro 16 al 25:

Había muchísimas porras por todos lados, no había más de 100 metros sin gente que te gritara “¡Vamos corredores!”. Entre el kilómetro 16 y 17  había tantísima gente que sus gritos casi me hacen llorar, por ejemplo, un chico con alta voz gritaba a todo pulmón: “¡Son unos chingones!” “¡Demuestra de qué estas hecho!” “¡Has que valga todos los entrenos!” “¡Hazlo hoy!” “¡No hay un hubiera!” “¡Sé la mejor versión de ti!” “¡Lucha contra tu propio dolor!” “¡No te quedes con nada!” y con esta última frase me fui casi todo el maratón: ¡No te quedes con nada!

Después en un tramo, en un fraccionamiento de casas muy bonitas, me di cuenta que la mayoría de la porra eran niños y adolescentes. Los niños estiraban su mano con bolsitas de agua cilíndricas y heladas, te caían como de perlas, o al menos a mí me revivieron. En cuanto a los adolescentes, me percaté de que estaban recogiendo todo la basura en bolsas negras.

Aquí hice uso de mi primer gel GU de extra cafeína, me lo comí todo con agua –aprovechando el agua helada que me habían dado-  para que hiciera rápido su función en mi organismo, y vaya que me sirvió.

Luego, un grupito de tres chicos se me acercó mucho y por  500 metros se fueron a lado mío, después dos de ellos siguieron incrementando el paso y uno se quedó conmigo, fue mi compañía por un rato en la ruta.

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Pasamos el medio maratón en 1 hora 46 minutos, tres minutos abajo de mis parámetros del último maratón que realicé en la Ciudad de México, eso me dio mucha confianza porque me sentía fuerte y apenas se venía lo mejor.

El chico con el que venía se fue quedando poco a poco, le hice señas para que siguiera a mi lado, pero me contestó que ya no podía más.

Muchos salen como bala en la primera mitad del maratón y desafortunadamente después se van quedando en el camino. Al maratón se le respeta, se le conquista, se le habla bonito, pero también se toma al toro por los cuernos, para enfrentar lo que venga en la segunda mitad. Aquí, en esta parte, es donde verdaderamente explotas cada uno de tus entrenamientos y si fallaste en alguno ¡cuidado! Es muy celoso, te lo hace pagar, pero esto les contaré mañana. Mi segunda parte intensa del maratón…

Corre inteligente, corre con el corazón.

Janeth López. 

Maratón Lala 2018. Trigésima edición. (Primera parte)

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La  vida no es para llevar, es para comer aquí.

¿Han rezado en algún maratón? Yo sí. En este maratón recé por primera vez, estaba en el kilómetro 37 y tuve, además, una conversación conmigo que jamás había tenido. Recordé específicamente un entrenamiento en Viveros de Coyoacán muy tormentoso, en el cual terminé llorando, desesperada, frustrada y enojada.

Este maratón fue diferente, en realidad cada maratón se vive distinto desde que tomas la decisión de correrlo hasta que cruzas la meta.

La decisión de correrlo se debe –en gran parte- a que mi mamá obtuvo ahí sus mejores marcas como libre y master (2:45), y a las muchas historias tan padres que siempre me contaba –fueron de los pocos maratones a los que no la acompañé-. Es obvio que no iba a superar su tiempo, pero sí deseaba con el alma correr abajo de 3:35,  y ese era mi objetivo.

En mayo del año pasado tenía muy definidas mis metas: el maratón de la Ciudad de México 2017 y el Maratón Lala 2018, así que desde entonces no paré. Llegó el Maratón de la Ciudad de México  2017 y ¡oh sorpresa! marqué 3:35 con poco entrenamiento y tras un año muy complicado, eso me dio la suficiente pila para continuar entrenando.

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Tuve prácticamente 20 días de descanso activo después del Maratón de la Ciudad de México y de inmediato volví a incrementar poco a poco mis entrenamientos rumbo al Maratón Lala 2018.

¿Janeth, estas segura que quieres correr el Maratón Lala? Me preguntó la entrenadora, y antes de que le pudiera contestar me leyó la cartilla:

“Quiero que estés consciente que para correr Lala no hay fiestas, desveladas, comida chatarra y  dormirás 7 horas, mínimo 6. Se cumple al 100 todos los entrenamientos al pie de la letra, hasta las fechas de Navidad y Año Nuevo. Tendrás que darte espacios e invertirle a tu alimentación e hidratarte para que ésta sea lo más completa posible, también darte los masajes que corresponden a cada acumulación de kilometraje. Quiero que entiendas que no solo tú vas a correr, yo también voy a correr contigo -literal-. Es un compromiso contigo y conmigo porque yo te voy a entrenar para este tu 5to maratón. No solo se trata de tu sueño, se trata de nuestro sueño, de nuestra meta, de nuestro objetivo, ambas nos debemos comprometer y respetar  nuestro papel –tú como alumna y yo como entrenadora-. Se trata de creer y confiar.

Si quieres bajar de 3:35 es otro tipo de entrenamiento al que te he dado, son otros ritmos, más kilometraje y más trabajo, más de más. Correr Lala no es fácil, el calor te puede llevar a un abandono, no te confíes porque es plano, es un maratón muy bonito, pero difícil, así que tú decides y esto, no te lo digo como madre, te lo digo como entrenadora, quiero el mejor resultado y para conseguirlo tiene que existir un equilibrio entre ambas partes”.

¿Qué creen que conteste? Efectivamente, contesté a todo que sí.

Sabía que era una oportunidad para dejar mi zona de confort y romper mi marca personal, así que los entrenamientos empezaron y, efectivamente, no paré ningún día.

Mi alimentación la fui llevando de acuerdo a las cargas diarias de entrenamientos; fue una gran ventaja la que tuve al terminar con éxito mi certificación en nutriología deportiva.

Como ya traía entrenamiento base de fuerza por el Maratón de la Ciudad de México, mi mamá fue campechaneando la fuerza con más entrenos de ritmos, además de la pista larga sin perder tanta velocidad. La parte de alimentación e hidratación la fui administrando adecuadamente cada semana. Todo iba fluyendo.

En esta ocasión tuve entrenamientos muy específicos en lugares ya asignados. Mi casa prácticamente se volvió La Pila, El Ocotal, El Desierto de los Leones, El Nevado de Toluca, El Ajusco, Viveros de Coyoacán, Villa Olímpica y el Cerro de la Estrella, incluso Ciudad Deportiva.

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Conforme iban pasando los días me sentía peculiarmente más fuerte, muy motivada y con mucha energía durante todo el día; sin embargo, mientras más carga de entrenamiento, tenía más cansancio, más sueño y más ganas de quedarme a dormir en mi cama por las mañanas.

Debo confesar que los meses con más frío me pesaron muchísimo, levantarme e irme a entrenar era difícil. Las distancias largas en El Desierto de los Leones o en El Ajusco eran heladísimas, se me congelaba hasta el moquito. Había momentos en los que me preguntaba: ¿Por qué escogí un maratón a principios de año? Pero recordaba de inmediato el motivo: era un reto. Pocos se atreven a cumplir un entrenamiento para maratón porque se atraviesan los meses “más complicados”: noviembre, diciembre y, obviamente, enero -precisamente por el frío, las fiestas, compromisos sociales y la comedera deliciosa de esa época-. Necesitaba una motivación para seguir constante en mis entrenamientos, agarrarme de un objetivo y no soltarlo. ¡Qué mejor razón que un maratón!

Amar con intensidad nos lleva hacer cosas extraordinarias. Desear algo con el alma hace que pongas como prioridad tu meta. Sentirlo con el corazón hace que todos los que están a tu alrededor te impulsen a lograrlo.  

Mi apoyo incondicional para todo siempre ha sido mi madre y aunque mi papá desconoce muchas cosas de mi deporte, sé que siempre está ahí para mí. Mi familia -que sin comprender mucho por qué corro- siempre tienen un mensaje hermoso que darme; sin embargo, nada estaría completo sin mis amigos del alma, con sus mensajes preguntándome cómo me encontraba. Gracias por entenderme cuando me invitaban a una fiesta y decía que no podía, gracias por impulsarme con sus porras cuando me los encontraba en los entrenamientos. Gracias a todos por entender mi locura.

Y así con un vacío en la panza tremendo, un objetivo en la mira, muchas porras de gente que me ama y que amo, me fui a Torreón en busca de hacer mi mejor marca en maratón.

Sábado 03 de marzo: El paquete

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Eran aproximadamente las 10:30 a.m. cuando llegué al estacionamiento de la Plaza Cuatro Caminos -en donde sería la entrega del kit-, me sorprendió no ver a tanto corredor, me imaginaba algo como lo que sucedió en la expo del Maratón de la Ciudad de México, pero fue grato no ver a tantos.

Recogí mi paquete (que está padrísimo), compre algunos geles, gomitas y una gorra rosa que dice México al frente, así que salí de ahí más que feliz, con la ilusión de que todo se confabulara a mi favor para el siguiente día.

Al salir de la expo me fui a comer y de ahí directo al Hotel Marriott, debo destacar que las personas que trabajan ahí son de lo más serviciales y amables, además, el hotel está súper céntrico: muy cerca de la llegada y salida del Maratón, del Centro Histórico y de los lugares más bonitos. Llegue al hotel, me bañé, arreglé mis cosas para el día siguiente y me puse a estudiar un ratito porque en la semana tendría también un examen de la nueva certificación que estoy tomando para saber entrenar y meter adecuadamente las cargas de alimento que corresponde a cada deporte. Más tarde pedí que me llevaran algo a mi habitación para cenar y luego poder dormir como bebé.

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Sabía que el día había llegado y yo tenía un solo objetivo en la mente y el corazón: mejorar mi marca personal.  Pero eso es otra historia y mañana seguiré contándoles está aventura, que sin duda me ha dejado con un excelente sabor de boca.

Corre inteligente, corre con el corazón.

Janeth López. 

14° Medio Maratón Puerto de Veracruz 2018

¡Ay no ma…! Ni terminé de decir la frase cuando ya estaba en el suelo.

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Azoté como res, me ayudaron a pararme, me acomodé el short, moví la rodilla para ver si no me la había chingado, me limpié, miré mi crono y continúe.  ¡Ni modo que me sentara a llorar!

Así fue parte de mi experiencia en la ruta del 14° Medio Maratón Puerto de Veracruz 2018. Aquí les cuento el resto.

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Sábado 20 de enero: llegué muy tempranito al World Trade Center Boca del Río, en donde darían el kit del corredor. Había un chorro de conocidos y filas eternas. Después de dar el rol a la expo, me fui al tradicional café La Parroquia a desayunar con excelente compañía. Más tarde nos dirigimos al hotel a instalarnos, cenar, organizar nuestras cosas para la competencia y dormir como buenos corredores que somos, con el fin de despertar tempranito y dar nuestro mejor esfuerzo.

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Domingo 21 de enero: La hora de la acción.

“Disfruta tu carrera con todos tus sentidos. Que no sea únicamente esfuerzo. Que sientas gusto, alegría y satisfacción de participar. El resultado siempre debe ser secundario”. Fue uno de los mensajes más especiales que me mandaron antes de irme a la competencia y que honestamente me motivaron mucho.

Eran las 6:40 a.m. cuando llegué al marco de salida, me metí al corral y ya estando ahí me encontré a uno que otro conocido y a varios amigos con los que compartí el nervio del momento. Intercambiamos algunas palabras y nos deseamos éxito al mismo tiempo que sonaba el Himno Nacional Mexicano.  Al terminar se dio el tradicional conteo “4,3,2,1” ¡A salir en chinga todos los medios maratonistas!

Los primeros 5 kilómetros me sentí bastante bien, no tan ahogada como quizá pensé – tal vez fue porque el sol aun no salía- hasta ese momento me fui a un paso “cómodo”. En ese trayecto me encontré a varios amigos quienes me saludaban mientras me pasaban con su ritmazo matador.  “¡Qué intensos amigos tengo!”, pensé.

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Fui aumentando mi ritmo conforme iba pasando los kilómetros. En la ruta hubo personas que me gritaron: “¡Vamos, Jan! ¡Vamos, morenita!”. Muchas gracias, me dibujaron una sonrisa en el rostro. Al llegar al kilómetro 9 me sentía bastante ahogada, con mucho calor, sentí que le estaba bajando un poco y en ese momento dos chicos se me emparejaron y me dejaron en medio, eso me ayudo bastante; sin embargo,  al llegar al kilómetro 13 ellos se empezaron a rezagar un poco, los tuve que dejar para no perder el ritmo al que, sin querer, ya me habían metido.

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Al llegar al kilómetro 15 sentí un bajón, acorté mi paso y llegó esa sensación de mucho cansancio en las piernas, los chamorros los sentí muy apretados hasta que encontré a un grupito de chicos que iban más  menos a mi ritmo y me fui atrás de ellos para no seguir bajándole más.

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Justo en el kilómetro 18 mi mamá y Verito ya me estaban esperando con grito, porra, foto e hidratación. Qué bonito es que te griten y que te saquen de tu estado zombi.

No sé ustedes, pero me gusta esa sensación de protección cuando personas a las que quiero mucho me acompañan en alguna carrera. Sentir esa presencia y apoyo, me conforta.

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Un poco más adelante, una señora sin fijarse –quiero pensar que así fue- se cruzó la acera y justo en ese momento iba pasando yo. En menos de lo que canta un gallo, estaba en el piso con frustración y mucho coraje. Entre que le gritaban a la señora que se fijara,  entre que yo le gritaba algunas cosas y me limpiaba las piedritas incrustadas en mi rodilla, solo pude escuchar un “perdón”. ¿Perdón? Me pregunté.

Existen personas súper inconscientes que se atraviesan pensando que los corredores van lentos o queriendo esquivarlos para poder pasar la calle y provocan un accidente terrible.

¿Qué hubiera pasado si en ese momento de la caída ya no me hubiera podido parar? Mis planes de llegar a la meta se hubieran esfumado o, peor aún, me hubiera sacado de la jugada en los entrenamientos más fuertes para mi siguiente meta: El Maratón Lala

Por favor, sean conscientes, no se crucen sin fijarse, sin ser precavidos. No solo es pedir perdón, es todo lo que pueden provocar a causa de un descuido.

Y después de mi breve desahogo, continuamos: Me ayudaron a levantarme y sí, me costó horrores volver a tomar el ritmo que traía, pero además mi chamorro izquierdo se me tenso muchísimo y me quiso dar un pequeño calambre; sin embargo, pude controlarlo un poco y pude, al menos, continuar con el paso para llegar a la pista del deportivo y cruzar la meta. Traté de todas las formas posible de no ver mi reloj hasta que llegara, estaba consiente que quizá no haría el tiempo que tenía en mente y no quería sabotearme mentalmente.

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Cuando me faltaban 500 metros ya iba más relajada, ¡ya no había algo peor que me pudiera pasar! Bueno sí, caerme de nuevo, pero ya sería el colmo, así que me relaje, sonreí y agradecí no haberme lesionado la rodilla. Cerré los últimos metros con las manos arriba y una sonrisa en el rostro.

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Cada carrera es un mundo de experiencias y esta no se pudo quedar atrás.

Llegue en 1:37 con caída, sonrisa, medalla y muchas ganas de seguir pasándola increíble en el Puerto de Veracruz.

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Lo demás ya es historia y se queda en Veracruz.

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Corre inteligente, corre con el corazón.

Janeth López.