La vida es mucho más bonita si la compartes y disfrutas haciendo lo que amas, tengo la certeza que es infinitamente es-pec-ta-cu-lar el resultado.

img_20160903_181937

Si ya de por sí correr un maratón es emocionante, imagínense correr los 42 kilómetros 195 metros a lado de tu mamá; en efecto, es una experiencia extraordinaria y única.

La idea inicial de este maratón era que yo lo correría a mi ritmo, para tratar de bajar mi tiempo del año pasado, pero uno propone y resulta que no se pudo.

A  principios de año tuve algunos problemas de salud, los cuales se prolongaron bastante y, desafortunadamente, no pude hacer una preparación específica para correrlo, pero continúe entrenando con el fin de ir retomando poco a poco mi ritmo y mi nivel competitivo. Era un hecho que no lo correría; sin embargo, había un deseo que no había cumplido: correr un maratón a lado de mi mamá.

Era complicado que corriéramos juntas, ya que es ganadora dentro de su categoría, por lo tanto la van checando los jueces en todo el trayecto de los 42 kilómetros 195 metros, con el fin de ver que no la  “jalen” o que corte la ruta, y si la veían conmigo podría correr el riesgo de que la descalificaran por irla “jalando”. Era un tema serio entre las dos: correr juntas o no.

Los entrenamientos fueron pasando uno a uno y, faltando dos meses para el maratón, mientras hacía una distancia, un perro tiro por detrás a mi mamá: “Perdón, mi perro no es así”, eso fue todo lo que dijo el dueño del perro y se retiró. En ese momento solo te interesa que tu ser querido se encuentre bien, así que atendí a mi mamá, fuimos al médico y tardo mes y medio en recuperarse, pues la espalda, el brazo y la pierna las tenía muy lastimadas.

Tiempo  después retomó el entrenamiento, pero quedaba muy poco para el Maratón, así que aprovechamos esta situación para tomar la decisión de correrlo juntas. Se trataba de ir viendo cómo le respondía su pierna y uno de sus brazos. Las cosas no nos estaban favoreciendo mucho, pero la ilusión de correr el Maratón con ella estaba intacta.

img_20160827_183944

Se fue recuperando favorablemente, pero a veces las cosas pasan por algo. Faltando una semana se cayó de nuevo, gracias a su reacción no paso más que de un raspón en las rodillas y palmas de las manos, pero sí le volvió a mermar su entrenamiento final para el Maratón.

Al siguiente día de caerse sintió una molestia detrás de la rodilla, sentía como un “jalón” al dar el paso que no la dejaba dar bien la zancada, así que decidió descansar 3 días. “Si te sientes mal, no lo corras, no quiero que te lastimes más”, le dije un día antes de que iniciara la entrega de paquetes. “Déjame ver cómo respondo con el descanso de aquí al sábado y vemos qué hacemos” me contestó.

Llegó el jueves 25 de agosto y aún no sabía a ciencia cierta si mi mamá lo correría o no, de cualquier forma fuimos por el paquete de corredor al Autódromo Hermanos Rodríguez.

Pasamos por nuestro kit y vimos algunas cosas en los diferentes stands que colocaron en la parte de abajo, pase a TomTom, pero no encontré la correa del color rojo que quería (es una lástima porque ya van tres veces que me pasa lo mismo). Continúe mi recorrido por las diferentes marcas y me encontré con Sport Beans, son unas gomitas increíbles que me cae de lo mejor cuando realizo mis distancias más largas -entre 20 y 30 kilómetros-, obviamente también las ocupo cuando corro maratón, por lo que compre algunas y un gel para mi mamá, por si las moscas.

img_20160923_190004

Saludamos a varios amigos, todos emocionados y muy animados, de algunos sería su primer Maratón, y otros iban por su “I” de colección. Nos despedimos y nos fuimos directo a comer.

Pasamos el viernes de lo más tranquilo y llego el sábado por la mañana, nos levantamos mi mamá y yo y nos fuimos a trotar. No le dije nada, trotamos juntas a un pasito muy suave hasta que se detuvo: “creo que sí lo corro”. la mire y le pregunte “¿Segura?”. “Sí”, me contestó. La interrumpí de lo que me iba a decir… “Si llegas a sentir alguna molestia nos salimos, maratones hay muchos y tu salud es primero”. “Si, está bien, si no puedo nos salimos”, me contestó.

El domingo 28 de Agosto había llegado.

Por lo regular, soy de muy buen dormir, pero en esta ocasión fue diferente; desperté a las 3:40 am, parecía que solo había dormitado, me sentía con sueño y con mucha adrenalina, de esas ocasiones en la que estás estresada o emocionada por algún motivo especial, abres el ojo y la lluvia de pensamientos vienen a ti: “Correré con mi madre por primera vez un maratón ¿pero y si se me pierde en la salida? ¿Y si no la encuentro? ¿Y si me dan calambres? ¿Y si no le aguanto? Y si, y si, y si mejor le bajo dos rayitas a esos pensamientos feos y mejor me duermo otro ratito,” pensé.

Total que me levanté a las 4:00 am para que me diera tiempo de vestirme, desayunar, peinarme, ir al sanitario y salir de la casa a las 5:00 am con total tranquilidad, al fin que para salir corriendo aún faltaba un buen rato.

En un abrir y cerrar de ojos, a las 5:45 am, ya estábamos mi mamá y una servidora en el monumento Hemiciclo a Juárez, buscando el baño y el guardarropa. Después de caminar unas cuadras sobre Eje Central encontramos los camioncitos que se llevarían nuestras cosas al Estadio Olímpico Universitario “Ciudad Universitaria”, las chicas que estaban poniendo las bolsas de hule a las mochilas de nosotros en el guarda ropa eran súper amables, muy atentas y sentí bonito cuando una de ellas me dijo: “Janeth, que llegues con bien a CU, ahí te esperamos”. Obviamente no me conocía, mi nombre estaba impreso en el número de corredor, pero por el simple hecho de que te llamen por tu nombre, sientes esa energía padrísima.

De ahí caminamos a la salida, necesitábamos ver por dónde iba a salir mi mamá (gracias a toda su trayectoria le dieron número de élite) y yo ver por dónde me iba a meter, porque mi bloque, el que me correspondía (amarillo) ya estaba súper lleno a las 6:30 am.

Luego de buscar un ratito y saludar a varias personas que nos encontramos en el lugar, por fin dimos por dónde se meterían los élites. Nos despedimos por un momento: “Mamá te veo ahorita”. “Sí”, me contesto.

Me acerqué lo más que pude a los primeros corredores de mi bloque, estuve ahí por más de 30 minutos, fue una eternidad la salida, entre que quería ir al baño, los nervios, la emoción, el humo que echaban, las palabras del locutor y la salida del primer bloque, dieron las 6:45 am.

Ahí salieron los de silla de ruedas y débiles visuales, cada que veo a estas personas me impresiona la voluntad de hierro que tienen, su fortaleza física y mental me asombra, ellos demuestran cada instante que todo en esta vida se puede hacer, que se pueden romper obstáculos y paradigmas.

El siguiente bloque en salir a las 7:00 am fue el de las mujeres élite: mujeres que se aferran para ser las mejores, y entre ellas se encontraba la ganadora del maratón Ciudad de México 2016, la lituana Diana Lobacevske, quien detuvo su reloj en 2:40.

Posteriormente a las 7:20 am salieron los súper hombres de carne y hueso, los hombres élite, categoría en la que despuntó el que fuera el ganador horas más tarde,  el keniano Emmanuel Mnangat. Junto con ellos, salieron los élites por categorías con brazalete gris y atrás de ellos los de brazalete amarillo, o sea mi bloque -los que soñamos y corremos por diferentes motivos-, pero con un objetivo común: llegar a la meta de Ciudad Universitaria.

Se cantó el Himno Nacional Mexicano, después se dio el tradicional conteo 10…9…8…3…2…1 ¡boom! Allá vamos, con la finalidad de recorrer 42 kilómetros 195 metros en nuestra ciudad, la Ciudad de México. 

Cuando dimos las primeras zancadas traté de salir lo más rápido posible, para alcanzar a mi mamá e irnos juntas, la busqué y después de unos metros la pude encontrar (era uno de mis miedos y el cual no me dejaba dormir a pierna suelta). Ella saldría unos pasos antes que yo, pero mi bloque –amarillo- se llena cañón y los corredores guardan su lugar con demasiado recelo, así que me daba mucho miedo no poder encontrarla con tantos corredores.

Total que al encontrarla, descansé. Ahora sí, a compartir kilómetros juntas.

Recuerdo que en nuestras platicas de los maratones pasados, cuando le decía: “¿Viste lo que pusieron en el monumento al Ángel de la Independencia?” -“No recuerdo haber pasado por ahí, cuando corro no veo nada, solo corro y me olvido de todo mi alrededor”, me contestó, así que me di a la tarea de irle señalando por dónde íbamos, quería que viera nuestra ciudad, lo bonito que se ve cuando la invadimos,  es el único día que podemos recorrerla por las avenida principales sin ser atropellados por algún auto.

Cuando llegamos al monumento de Cristóbal Colón, sobre Paseo de la Reforma, una de las avenidas principales de la Ciudad, le dije a mi mamá: “¡Sonríe a la cámara qué ahí esta Chris!” (Chris Fernández es un fotógrafo excelente que nos hace poner nuestra mejor actitud ante su lente y quien nos regala las fotografías que toma en toda la ruta del maratón, está es una de ellas).

img_20160903_175700

Y así seguimos, invadiendo Paseo de la Reforma, pasando los monumentos y edificios más representativos de la Ciudad de México como La Palma, el Ángel de la Independencia y, por último, la Diana Cazadora.

Kilómetro 5: Las cosas iban muy bien, pasamos en 29 minutos los primeros 5 kilómetros “¿Cómo vas?, ¿Cómo va esa pierna?”, “Bien”, me contestó mi mamá. Después nos sumergimos en nuestra respiración, traté de que no hablara, aunque quería ir platicando como cotorra con ella, pero recordaba que yo no me estaba esforzando y por lo tanto yo si podía platicar; sin embargo, mi mamá estaba haciendo su mayor esfuerzo, era obvio que no podía hablar tanto como yo, así que por ratos me controlaba y solo hablaba lo necesario, no quería incomodarla o fastidiarla.

Hemos corrido distancias juntas, pero correr un maratón nunca, era el primero y no lo quería arruinar.

Kilómetro 10: aquí el esfuerzo ya iba incrementando un poco más y el aire ya hacía falta.

Yo: ¿Cómo sientes tu pierna?

Mamá: Bien, voy bien.

Yo: ¿Quieres agua?

Mamá: Sí.

Me acerqué a tomar unos vasitos con agua y le di. Por cierto, ir corriendo y tomar en vasitos es totalmente incómodo para un corredor.

Yo: ¿Quieres más?

Mamá: No, gracias, tú toma

Entramos a la zona de Polanco: “Mira, mamá, ahí está el Museo Soumaya, ¿lo recuerdas?” –“Sí, se ve diferente”, me contestó con esfuerzo, así que me callé.

Kilómetro 21: El temido adoquín del Bosque de Chapultepec -el parque urbano más grande de América Latina-, en serio que me estresa esta parte y a mi mamá más, ya que su pierna no estaba al 100 por ciento.

Yo: ¿Cómo vas, Navita? Ya estamos en Chapultepec

Mamá: Sí, ya me di cuenta, ¡oye! quiero agua.

Justo pasamos por los abastecimientos en los que estaban dando agua ya en bolsita, me percaté que ya no había mucha agua, de hecho ya estaban quitando muchas mesas donde tenían colocadas las bolsitas de agua, total que abrí una bolsita tome unos traguitos y le di, tomó y tiramos el plástico cerca de una bolsa de basura.

Kilómetro 26: Justo en el Ángel de la Independencia

Mi mamá: ¡Un calambre, me está dando un calambre!

Paré y en seguida le di un poco de masaje. Continuamos caminando unos pasos, no quería que se parara totalmente, ya que de hacerlo le podrían dar más, así que continuamos y un señor tomó del brazo a mi mamá y le puso spray frio, “Ve con Dios”, le dijo el señor a mi mamá, de esos angelitos que te encuentras en la ruta de los maratones y digo ángeles porque cuando los necesitas aparecen sin más ni más.

Mamá: ¿En qué kilómetro estamos?

Yo: En el 26, Navita, ahí está de vuelta el Ángel

Retomamos un poco el trote y nos pasaron varios amigos: Manuel, Mari y Martha, todos ellos preguntándole a mi mamá cómo estaba, y a todos les decía: “¡Bien, nos vemos en la meta!”, con voz firme. ¡Esa es mi mamá, chingaos!

A partir de aquí fue una proeza llegar al Estadio de Ciudad Universitaria.

Pudimos retomar un poco el trote; sin embargo, veía a mi mamá un poco fatigada.

Yo: ¿Cómo vas, Navita?

Mamá: Bien, me duele un poco la espalda, pero bien

Continuamos hasta llegar a la Glorieta de Insurgentes y, al entrar a Avenida Chapultepec, justo en los arcos:

Mamá: ¿Podemos caminar, me quiere dar otro calambre?

Yo: Sí, claro, vamos a tu ritmo y cómo te sientas.

Caminamos unos 300 metros y volvimos a retomar el trote, pero al hacerlo volvieron los calambres y decidimos trotar otro poco.

Entramos a la Condesa, una de las zonas más bohemias de la ciudad por su gran cantidad de librerías, galerías, restaurantes,  cafés, pero también desafortunadamente el pavimento más feo de toda la ruta. Triste, pero cierto, se supone que es una de las zonas nice de la ciudad y los baches eran impresionantes, se compensaba con la gente linda que aplaudía y te gritaba cosas lindísimas. Ahí escuché a una señora de edad avanzada gritando: “¡Estoy orgullosa de los mexicanos por ser capaces de correr tanto!”. Me emocionaba mucho escuchar cosas tan lindas de gente que ni te conoce, pero sabe el esfuerzo que estás haciendo.

Justo en esta zona le dieron más calambres a mi mamá, nos paramos totalmente y caminamos un kilómetro, trate de alentarla mientras caminábamos: “¡tú puedes, Navita!, ¡Vamos!

¡Me duele mucho mi cuerpo!, me decía mi mamá con cara de angustia. La veía y se me partía el corazón, así que le pregunte: “¿Quieres salirte?”. Era una pregunta forzosa, ella más que nadie sabía su dolor y cómo estaba llevando su cuerpo.

Mamá: No, sólo no me dejes, no me voy a salir.

Yo: Por supuesto que no te dejaré, aquí voy contigo.

Continuamos nuestro recorrido entre trotes y caminatas, nos costó muchísimo salir de ahí, a mi mamá le dolía cada vez más su espalda y el cuerpo, sentía que no llegaba y además peleaba con los calambres para que no le dieran, fue una lucha interna muy cabrona.

“¡Tú puedes, ma! ¡Ya falta muy poco!”, le decía. Pude percibir el desgaste que le estaban causando los calambres.

A lo lejos se veía Insurgentes -una de las avenidas que atraviesa prácticamente toda la Ciudad de México-, donde había muchísima gente gritando, aplaudiendo y sonriendo, era impresionante el apoyo de personas que, sin conocerte, desean que termines.

Ver eso y sentirlo le inyectaba energía a mi mamá, así que volvió a retomar el trote hasta el kilómetro 36.

Mamá: ¡Me está dando otro calambre!

Yo: Caminamos, mami, ya no te desgaste, no te estreses, si tenemos que caminar, caminamos y ya, inguesu…  solo nos faltan 6 kilómetros, Navita, no es nada. Nos fuimos otro tramo caminado.

Fueron los 6 kilómetros más emotivos de mi vida: “¡No me dejes, toma mi mano!”, me decía mi mamá al adelantarme medio paso para no estorbarle a otras personas.

Mamá: Me están dando muchos calambres, hija, quiero correr y no puedo, me duele, quiero llorar.

Yo: ¡Sí puedes!, ¡Eres bien chingona! Ya no falta nada, si quieres llora, pero de que llegamos, llegamos.

Mamá: Tómame de la mano, no me sueltes, vamos a trotar así.

Kilómetro 38: Entre el sol, los calambres y la gente echándote porras, ya no sabes qué hacer, si parar o seguir, si detenerte o gritar, si llorar o reír.

Sabía que no iba bien mi mamá, estaba batallando con calambres y aunque yo hacia mi mejor esfuerzo por alentarla, era más que obvio que iba con mucho desgaste. Dentro de mi quería cargarla, salirnos y dejar la ruta, la verdad no está nada padre ver a tu mamá sufrir así. En fin.

img_20160903_180119

Yo: Navita, ya 4 kilometritos.

Mamá: ¿Nos podemos ir caminando hasta la meta?, me quieren dar más calambres y sí quiero llegar.

Yo: Por supuesto.

Mamá: ¡Mejor vamos a trotar poquito! A ver cómo me responden mis piernas, no quiero entrar a la meta caminando.

Como quien dice por ahí… primero muerta que entrar al Estadio de Ciudad Universitaria caminando en un Maratón.

Trotamos 2 kilómetros más, la gente te hace llegar, te regala sonrisas, aplausos, gritos de felicidad y se desbordan emociones.

Entre los aplausos y gritos, mi mamá se fue emocionando mucho. Bajamos el túnel y fue sacando su “fua” interno. Al entrar a la pista de tartán me dio la mano, justo aquí son los 42 kilómetros, ya habíamos corrido 42 kilómetros, en los que luchamos continuamente por llegar, por no sentarnos a llorar y dejar pasar un sueño de ambas.

Fueron 42 kilómetros de sonrisas y lágrimas, de desesperación, de dolor y de frustración. Fueron 42 kilómetros de vida y de voluntad, porque si de algo estoy segura es que para decidir correr un maratón debes tener una voluntad infinita. Y, ahora sí, cuando pisamos la pista de tartán tomadas de la mano, me dieron hartas ganas de llorar, 195 metros nos faltaban, 195 metros de puritita felicidad, de llevar a tu corazón al máximo latido y cruzar la meta con los brazos bien arriba, porque corrí con mi mamá.

Al cruzar la meta justas mi mamá lloró, lloró y lloró. Me abrazó y me dijo: “Pensé que ya no llegaba, me daban calambres hasta en la espalda y la ingle”.  

3

20160828_123123_hdr

Jamás le habían dado calambres a mi mamá en toda su trayectoria deportiva, pero bien dicen que cada maratón es diferente. Una experiencia más en mi vida, me quedo con la satisfacción enorme por haber llegado a lado de mi madre. Muchas emociones y un chorro de cosas que se ven en la ruta de un maratón.

20160828_123613_hdr

Vive cada instante, tomate el tiempo para disfrutar y amar a las personas que son valiosas en tu vida, realiza cada plan que tengas en mente y sueña, porque de los sueños nacen historias reales que te motivan a llegar a tu cumbre.

img_20160903_180522

Y si tú corres y tu mamá, papá, tío, tía, primo, prima, novio, novia, esposo, esposa corren, entrenen y vivan juntos paso a paso una experiencia única que nos da la vida: la de compartir dolor, felicidad y gloria durante 42 kilómetros 195 metros.

Corre inteligente, corre con el corazón.

Janeth López

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s